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“Si Dios no hubiera defendido a unos hombres por medio de otros seguramente la Tierra se habría corrompido”(Al Baqara 251).

Ese versículo pone en evidencia que el objetivo final, en esta vida, desde la perspectiva coránica, es establecer la justicia y la equidad porque la corrupción distorsiona la verdad, la corrupción generar el caos, la corrupción podría acabar con todos los esquemas del orden en un espectro amplio de los sectores que integran la vida más allá de la humana también del medio ambiente.

La segunda lección que podemos extraer de ese pasaje es la idea de la pugna entre dos bloques opuestos que no es obligatorio que se tratase de uno que sea del bien y el otro del mal. Es verdad, ese planteamiento es el que más parece encajar con la perspectiva del versículo, el que más salta a la vista. No obstante el terreno de la aplicabilidad de esta teoría coránica no es exclusivo a un grupo que se identifica con ciertas características concretas. En efecto se trata de perseguir la corrupción dondequiera que se desarrolle entre los humanos, sin importar su fe o ideologías, incluso en el seno de una comunidad de creyentes. Entonces el versículo nos propicia una herramienta correctora por el bien de todos independientemente del origen de la amenaza. Por tanto atiene al fenómeno en sí como elemento destructor que merece una respuesta adecuada en función del grado de gravedad que supone.

De acuerdo con esa teoría, el Corán nos expone ejemplos diferentes de esa amenaza que proviene de distintas fuentes.

”Y entre las gentes hay quien te sorprende con su manera de hablar de la vida de este mundo y que pone a Dios como testigo de lo que hay en su corazón, pero es el más acérrimo adversario. Y cuando te da la espalda se esfuerza por corromper en la Tierra y destruir la cosecha y el ganado. Y Dios no ama la corrupción”. (Al Baqara 205)

Según algunos exégetas ese párrafo puede entenderse así: Y si gobierna (el ser humano) trata de corromper en la Tierra y arruinar las cosechas y el ganado.

Entonces el Corán desvela que el poder es una de las tierras fértiles que facilita el brote de la corrupción. Por lo tanto se sobreentiende que no se debe bajar la guardia dejando la oportunidad a los corruptos que aprovechen sus influencias para esos fines viles.

Quizás ese versículo represente una aportación coránica respecto del correcto comportamiento que vele por el beneficio de la vida sin interesar la religión o cualquier tendencia de pensamiento. Obviamente esta vida es un campo común en la que se interrelacionan los humanos entre sí por una parte y el hombre con su alrededor y el resto de la existencia por otra parte. Se desprende de ello que se trata de un tema de gran envergadura porque afecta al futuro del ser humano.

El Corán propone la pugna continua entre los humanos como garante de una vida digna. No se trata de una lucha de clases al estilo marxista, que enfrenta dos bloques socialmente opuestos, para explicar el desarrollo de la historia humana sino de una lucha por salvaguardar unos valores sublimes independientemente de quien los transgreda. En definitiva es una teoría coránica aplicada a todas las clases sociales teniendo en cuenta únicamente la preponderancia de los valores espirituales que contribuyen a la perfección del hombre en cuanto ser humano. Es, sin duda, una postura coherente con la cosmovisión universal del islam.

Una visión realista que no descarta la inclinación del ser humano a delinquir contra la humanidad o el medio ambiente. Pero al mismo tiempo presenta unas medidas correctoras que hacen que se revierta la normalidad. Gracias a esa pugna lanzada por el Corán se garantiza la coexistencia pacífica entre los diferentes componentes de una misma sociedad, se fomenta la interculturalidad y se respetan las diferencias.

El Corán enfatiza la lucha contra los enemigos de la humanidad con el fin de mantener a esa al abrigo de la degeneración, una lucha contra los transgresores que promueven la corrupción. Por eso del mismo modo que se refería el Corán a la obligación de combatir la corrupción, y todo lo que llevaría aparejado, en un campo más amplio, también advirtió de las mismas consecuencias, de forma especial, a la comunidad musulmana: “Si dos grupos de los creyentes pelean entre sí, pues, poned paz entre ellos y si uno de ellos oprime al otro combatid contra el que agrede hasta que regrese a la orden de Dios, entonces poned paz entre ellos con justicia y equidad” (Habitaciones privadas 9). Porque los creyentes tienen una responsabilidad doble. A parte del sentido común y los dictados del raciocinio a fomentar una buena administración y organización entre los inquilinos de ese orbe, existe una dimensión celestial que eleva dicha responsabilidad a una escala de recompensa o castigo divino en función de la actitud del musulmán. Por consiguiente no es un elogio divino el que se considere la Ummah islámica la mejor entre las comunidades tal como nos lo revela ese pasaje coránico:

“Sois la mejor comunidad que se ha creado para la humanidad: ordenáis el bien, prohibís el mal y creéis en Dios” (La Familia de ‘Imrán 109) sino que se trata de un compromiso que encierra sus debidas consecuencias y una obligación de seguir con ahínco luchando con la finalidad de aniquilar la corrupción provenga de donde provenga. Ese versículo viene a subrayar que la posición del musulmán tiene que ser en la primera fila en esta misión y tiene que considerarse la vanguardia que se preocupe por el bien de todos y la fortaleza que protege a la humanidad de la conspiración de los corruptos.

Brahim Amal

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